
Paseos por el alambre
I am your shadow

Nuevo Taller

Ante la buena acogida que tuvo el Primer Taller de Relato “Vigía de
Taller de Relato "Vigía de la Costa"

Con motivo de la XVI Convocatoria del Premio Literario "Vigía de la Costa" 2012, se impartirá un taller de relato (presencial y gratuito) del que os paso toda la información.
Un abrazo.
Taller de Relato “Vigía de la Costa”
Hora: de 17:00h a 21:00h.
Lugar: Centro Municipal de Formación Permanente
Coste: Gratuito
Nº de plazas: 20
Plazo de inscripción: Del 30 de enero al 2 de febrero, en el Centro Municipal de Formación Permanente (Avda del Generalife, 6; Arroyo de la Miel), en horario de mañana y tarde; aportando fotocopia DNI.
Entidad que convoca el curso: “DELEGACIÓN DE EDUCACIÓN DEL AYMTO DE BENALMÁDENA",
Supervisor: D. Francisco Moreno Moreno, director del Centro Municipal.
Imparte el taller: Mercedes Martín Alfaya (escritora, estudiante de 2º de Psicología UNED y funcionaria del Ayuntamiento de Benalmádena).
Cursó sus estudios de Taller Literario durante seis años, y cuenta en su haber con diversas menciones y premios:
-Segundo Premio Nacional de Cuentos ”Emilia Pardo Bazán” (Comunidad de Madrid 2008);
-Segundo Premio de Relato “Centro de la Mujer” (Benalmádena 2011);
-Segundo Premio, Certamen Literario “Vigía de la Costa” (Benalmádena 2011)
-Y otros...
* * *
INFORMACIÓN DEL TALLER
Objetivo general del curso:
Aprender, de forma básica y eficaz, cuestiones importantes a la hora de escribir relatos.
Objetivos específicos:
1.- Conocer la estructura general del relato, el correcto manejo de los verbos, la síntesis y la unidad de efecto.
2.-Corregir errores de forma y contenido mediante ejercicios sencillos y prácticos.
3.- Descubrir la diferencia entre cuento, relato y novela.
4.-Manejar los principales recursos a nuestro alcance a la hora de construir e inventar relatos.
Te esperamos.
Nostalgias...
Fregonísima

Yo creo que la cama queda mejor ahí. A ver, voy a fregar esa parte y ahora la muevo…
Venga… Mhmmmm. Joder, con esto de los ´canapésguardalotododebajo´, no veas si pesa esto. Mhmmmmmmm. ¡Ay! Lo que faltaba es que me escurriera ahora y me rompiera una pierna, vaya resbalón. Desde luego, estas zapatillas son una mierda. Pero vamos, quién me mandaría a mí revolver mobiliario el día de Reyes. ¿Otro empu-jon-mmhmn-cito?... La leche, si lo sé, me tumbo en el sofá a ver una peli, como todo el mundo, y que le den al fregoteo y al arrastre. Pero claro, cómo, si no, voy a encontrar tanta sorpresa debajo de la cama. ¿Y este bolígrafo?... Ni idea… ¡Anda! Mira donde está la goma del pelo que se me perdió hace un mes; ¡y las medias!... ¡Ay! Dios. Con lo fácil que era antes limpiar debajo de la cama. Metías el palo de la fregona, y listo. No como ahora, que con estos inventos canapésimos lo único que haces es acumular ropa y reliquias aquí debajo. Porque, a ver, ¿para qué quiero yo conservar el traje con el que bautizamos a mi hijo ( que ya tiene veinte años)?
Yo pienso que, con los tiempos modernos, debajo de las camas-canapé ya lo que menos se acumula es suelo. Mira, mira… Vamos, que me voy ahora mismo a por la aspiradora. O mejor, la enchufo y me pego el mango del cepillo a los pies. Quien sabe…, igual, mañana salgo en los titulares: “Mujer absorbida por una aspiradora mientras limpiaba debajo de la cama”. Jo, qué susto. Quita, quita, que los muebles están muy bien así; y tampoco hay que obsesionarse con la limpieza. Anda y que le den a la casa, que hoy es día de Reyes y no voy a presumir de fregonísima.
Corazón de asfalto

Pedazo de cartel...

Y luego dicen que los negocios se van al traste...

Resulta que hay un barecito cerca de mi trabajo donde meriendo o desayuno (según me venga el turno de trabajo). Suelo tomar café y sandwich mixto, que me gusta eso del queso derretido mezclado con jamón de york. El caso es que yo, como todo el mundo, tengo mis pequeñas manías: por ejemplo, el café lo tomo en taza; y el sandwich me gusta que venga acompañado de patatas finitas (de esas de paquete). Así se lo dije al dueño del local, añadiendo que si tenía que cobrarme un plus por las patatas, que adelante. Me dijo que no, que faltaría más… El caso es que un día, me siento a merendar con una amiga y las dos nos pedimos lo mismo; aunque ella pasó de las patatas. Al día siguiente, me viene el dueño del bar y me dice, con mucho poquísimo tacto, que eso de añadir patatas al sandwich es un detalle que sólo me otorga a mí, que la cosa no está para extras en los platos. Le pregunto que por qué me dice eso y contesta que por si alguna vez se le ocurre a mi amiga pedir el sandwchi como el mío, con patatas. Le digo que no se preocupe, pero que, de todas formas, ya le comenté que si tenía que cobrar más, que lo hiciera. “No, no, qué disparate, es sólo un comentario", dice él, mientras añade un puñado de aceitunas para acompañar una cañita de cerveza que le había pedido un cliente. Manda güevos ¿no? Que tengas que pedir una caña de cerveza para que te pongan un extra de olivas y, sin embargo, te restrieguen por la cara un miserable puñado de patatas fritas con un sandwich mixto...
Pero vamos, que ya no desayuno más ahí. Y no sólo por la falta de tacto, sino también por exceso de tacto: he visto que prepara los desayunos y las meriendas con los mismos dedos que utiliza para cobrar. Ya sé que no tiene otros, pero se podía lavar las manos entre moneda y moneda, digo yo.
Y luego dicen que los negocios se van al traste…
Tareas Pendientes

TAREAS PENDIENTES (Mercedes Alfaya)
Despertar la dulzura e inyectármela en los ojos.
Atravesar los tejados sin mirar abajo.
Buscarte entre el humo de las cafeteras y el tintineo de las cucharillas del bar.
Pedirte besos en la portada del Cultural.
Dejarte versos en los anuncios por palabras.
Coser la distancia que nos separa.
Ducharme bajo tu risa.
Esperar en el balcón a que vuelvan las golondrinas de Bécquer.
Convertir la ausencia en presencia.
Disfrazarme de YO.
Aplicar pomada indiferente en los silencios que escuecen.
Cerrar las ventanas de olvido.
Preparar la maleta de los sueños.
Mejorar mi ortografía de caricias.
Reducir el consumo de suspiros y aumentar la frecuencia de encuentros.
Romper tus cartas sin dañarlas.
Conservar tu imagen en la papelera.
Tatuarme presentes con futuro.
Morder la caperuza del boli hasta encontrar la vida en las palabras.
La cigüeña decide
Hace unos tres años, cuando abrí mi blog de "Paseos por el alambre", ésta fue una de las primeras entradas que añadí. Hoy, no sé porqué (o quizás, en el fondo, sí lo sepa), me gustaría volver a compartirla.Un abrazo.
La cigüeña decide (Mercedes Alfaya)
Al final, descubrí que mi hermano era muy feo, y estaba todo rojo, pero yo le di muchos besos y mamá me lo dejó un poquito en los brazos. Luego, salí al patio y miré al cielo para ver si la cigüeña andaba por allí. Quería darle las gracias por haber cumplido tan bien con su trabajo y no dejar a mi hermano en cualquier sitio, donde hubiera muerto de frío, de hambre o por falta de cuidados.
Me caí del mundo y no sé por donde se entra...

(Para mayores de 30) pero deberían leerlo todos los que sepan leer.
Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo .
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.
¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!
¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.
¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado. Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!! Pero por Dios.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver.. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado.
Eduardo Galeano
¿Sábados con encanto?...
Adoro los sábados por la tarde. Antes, no. Cuando era joven, el sábado no significaba un buen día para mí, sobre todo porque no tenías un cuarto propio donde escabullirte a ver películas, a pintarte las uñas de los pies o a mandar mensajitos por el móvil. Te quedabas en el salón, viendo la primera cadena tumbada en el sofá; eso, si no te lo pillaban antes. Y que mamá no te descubriera, porque entonces ya la habías cagado, “Nena, ven y me ayudas a lavar los platos”. De manera que, lo mejor que podías hacer era acoplarte donde fuera con un libro y que, al menos, pareciera que aprovechabas el tiempo.
Pero una crece. Crece y se multiplica. Se multiplica y vuelve a la unidad, porque las unidades esparcidas a tu imagen y semejanza también crecen y desaparecen; aunque dejen su rastro en casa. Entonces, lo que se multiplica pasa a llamarse ropa sucia, calcetines sin pareja, bolsas de basura, pelos en el baño y facturas: la del móvil, la del club de tenis, la universidad… Y una, que ya no está para bregar con la jauría, procura solventarlo sin más; total, si eso de que podíamos cambiar el mundo ya sabemos que fueron utopías juveniles que se desvanecieron al primer intento. De manera que, a estas alturas, lo mejor que podemos hacer, visto lo visto, es llevar una vida tranquila, de patinaje; que fluya sobre lo compacto y helado, que se nos mueva el flequillo sin despeinarnos; y nada de piruetas extrañas, que los culetazos, a cierta edad, ya pasan factura.
Eso sí, todavía nos quedarán los sábados. Y nada de limpiezas a fondo, que las casas ya no tienen fondo. Eso era antes, cuando los pisos eran viejos y enormes. Ahora, no. Es más, sacas la aspiradora y desde el mismo enchufe llegas con el mango a todas partes.
En fin, es sábado, soy mayor y me he quedado sola en casa (qué deleite…). Lo primero fue abrir una botellita de cava para acompañar el almuerzo. Madito chupinazo. Además de que me emborrachó las berenjenas gratinadas, me he pasado media tarde limpiando debajo de los muebles de la cocina, porque, oye, un cava sin fuerza es como una película sin anuncios. Y como tengo la mala costumbre de iniciar un escrito, dejarlo a la mitad, volver, seguir…, y terminarlo cuando encarte, pues aquí me viene la frase: “Cuando desciendo al río por segunda vez, ni el río ni yo somos los mismos”. Ni los mismos, ni parecidos, que lo que pintaba un escrito de encaje y deleite sobre los sábados con encanto, se me ha vuelto un agujero de narices. Y, ahora, voy a tener que subir línea a línea y rectificar eso de que adoro los sábados. Vaya mierda de tarde que llevo recogiendo burbujas de cava por todas partes. Todavía me queda saber qué haré con el tapón, igual se lo estampo en un ojo a tío del local de abajo, que no deja de dar martillazos (mira que han reformado veces el negocio; y aprovechan los sábados, no te jode…). Mejor me voy a poner una lavadora y que salga el sol por Antequera o que se vaya al cuerno, porque menudo calor que hace…
¿Quién dijo sábados con encanto?...
La música desarrolla el cerebro de los niños pequeños

Un nuevo experimento comprueba el efecto del aprendizaje musical sobre el córtex infantil.
La música mejora las capacidades cognitivas de los niños, según un estudio que publica la revista Brain. El estudio fue desarrollado por psicólogos de la Universidad McMaster de Canadá, que compararon los efectos del aprendizaje de la música sobre la sensibilidad de los niños y sobre su capacidad de memorización. Los investigadores hicieron un seguimiento de dos años a dos grupos de niños de edades comprendidas entre los cuatro y los seis años. El primer grupo recibió durante un año enseñanzas musicales extraescolares según el método Suzuki, mientras que el segundo grupo no recibió enseñanza musical alguna. El método Suzuki, ideado por un violinista japonés que es además filósofo y pedagogo, permite a los niños, aunque sean muy pequeños, aprender música e incluso tocar un instrumento. Basado en el principio del lenguaje maternal, el método Suzuki enseña música mediante el juego e implica a los niños a escuchar cada día alguna melodía. Respetando el ritmo de asimilación del niño, este método le permite descubrir, experimentar y desarrollar su sensibilidad musical.
Otras habilidades
Alex ya no quiere ser mi novio
* * *¿Quién se ha llevado mi Queso?

Algo que aprender…
Me he levantado con ganas de mejorar. Mejorar como persona, como ciudadana, como miembro de
Algunas veces, incluso, puede que me maneje mejor en los círculos exteriores que en aquellos que tengo más cerca; esto es, por ejemplo: puedo ser mejor vecina que esposa, madre… Incluso ser más tolerante con mis compañeros de trabajo que con mis hijos o mi marido; hablo desde la perspectiva femenina, pero incluye también al otro género. Quiero decir con esto, que a las personas, el pertenecer a todos estos círculos, nos puede resultar complicado, ya que, un pequeño movimiento o cambio en alguna de las órbitas enseguida repercute en el resto (tanto en los círculos superiores como en los inferiores). Por ejemplo, si mi país se une a
Y todo esto (cómo me gusta enrollarme...), es para dar cuenta de un hecho que ocurrió ayer en el trabajo. Y que resumo: Se ha corrido la voz de que, a partir del mes que viene, no cobramos. “Jope, ¿cómo puede ser esto?”… (caras desencajadas, algún que otro llanto, desesperación, silencios largos y amargos...). Una profesora que en ese momento hacía unas fotocopias para su programa, parecía totalmente ajena a esto que nos afectaba a todos.
- ¿Tú no estás preocupada?, le preguntó alguien.
- No -contestó ella-. Bueno, sí -aclaró-. Pero esto es algo que escapa a mi control. Si la empresa no me va a pagar, lo que puedo hacer no es preocuparme, sino enfocar mis energías en ver qué cambios se van a producir en mi vida a raíz de esto y cómo acomodarlos y afrontarlos. De momento, si esto ocurriera, yo me tengo que pedir una excedencia, porque necesito seguir trabajando en otra parte.
-Ah, claro. Tú que puedes pedirla.
-Bueno, cada cual tendrá que barajar sus cartas.
Con respecto a esta sorprendente actitud por parte de una joven profesora, me acordé de un cuento que leí hace tiempo y que podría ayudar mucho. Aquí te dejo un resumen para que te sirva en cualquier momento en el que se produzcan cambios que escapen a tu control dentro de tu familia, tu barrio, tu comunidad autónoma, tu país, tu planeta o tu galaxia.
¡Que lo disfrutes!
Uno de los ejemplos reales de cómo ha servido este cuento en la vida real es el de Charlie Jones, el respetado locutor de la cadena NBC, quien confesó que escuchar el cuento ¿Quién se ha llevado mi Queso? salvó su carrera.
Entonces le contaron el cuento ¿Quién se ha llevado mi Queso?
Después de oírlo, se rió de sí mismo y cambió de actitud. Advirtió que lo único que había ocurrido era que su jefe (o su cliente, o el mercado) “le había movido el queso”, y se adaptó. Aprendió sobre esos dos nuevos deportes y, en el proceso, descubrió que hacer algo nuevo lo rejuvenecía.
Su jefe no tardó en reconocer su actitud y energía nuevas y en aumentar sus retribuciones. Disfrutó de más éxito que nunca y se hizo una excelente reputación como comentarista.
Como toda empresa que aspire no solo a sobrevivir, sino a ser competitiva, tu empresa debe estar cambiando constantemente. Nos mueven el “queso” sin parar. Mientras que en el pasado queríamos empleados leales, hoy necesitamos personas flexibles que no sean posesivas con “la manera de hacer las cosas aquí”.
Y como todos sabemos, vivir en una permanente catarata de cambios suele ser estresante, a menos que las personas que tengan una manera de ver el cambio que las ayude a comprenderlo. Y aquí es precisamente donde entra en acción el cuento del “queso”.
En cualquier caso, espero que cada vez que releas ¿Quién se ha llevado mi Queso? Encuentres algo nuevo y útil en el cuento, tal como me ocurrió a mí, y que esto te ayude a afrontar el cambio y a tener éxito, sea lo que sea el éxito para ti.
Con mis mejores deseos, espero que disfrutes con lo que encuentres. Ah, y recuerda: Muévete cuando se mueva el queso (Fragmento extraído de la página www.villadiego.com)
El mundo de Aroa
¡Enhorabuena! Mar Solana

He terminado de leer el magnífico libro de Mar Solana: “Un Poeta en Tiempos de Guerra”, dedicado a su tío Juan, un joven seminarista que murió con 21 años a manos de la sinrazón que produce una guerra civil que no entiende de proyectos, sueños e ilusiones. Su hallazgo me ha producido dos sentimientos encontrados. Por una parte, la alegría de recibir su obra en mi buzón de correos y sumergirme en aquello que una amiga ha querido compartir conmigo (y con todas esas personas a las que ha llegado éste, su primer libro). La alegría, también, de saber que Mar ha tenido la fuerza y el coraje suficientes como para abrir ese agujero negro de la historia de España, tirar de aquello que truncó la vida de uno de sus seres queridos y sacarlo a la luz; pese a quien pese (como ella dice).
Por otro lado, mientras avanzaba entre líneas, he sentido la tristeza de que todo terminara como lo hizo: con la muerte de un joven y alegre seminarista que quería ser pastor de almas.
Mar nos presenta a un chaval, casi un niño, anunciando a sus padres que quiere ayudar a los demás y hacerse cura. Y vislumbras (como si estuvieras allí) esa chispa certera en la mirada de un joven que ha decidido abandonarlo todo para servir a Dios y a sus hermanos. Y luego…, sin un porqué, sin más delito que el de ofrecer la generosidad y el amor que lleva dentro, sesgan su vida y su horizonte para siempre.
El libro de Mar Solana me ha parecido una joya, tanto su argumento como el respeto y la ternura con la que expone y conduce la historia; además de la fuerza y valentía con las que se enfrenta a los hechos. Sin duda, Juan Cano Solana ha contado con el privilegio de que su sobrina, Mar, sea escritora y, quizás, se haya valido de ello para reivindicar (desde el otro mundo) lo más absurdo e inhumano de la guerra: la muerte de muchos inocentes (como él) que tenían un digno proyecto para con los demás.
Fragmento del libro:
“Todavía hoy, en Lanzahíta, lugar donde murió, hay quien cuenta que todas las madrugadas del 25 de agosto, el aire parece transportar el eco del sonido de aquellos dos disparos que acabaron con su vida”
Requiescat in pacem.
Villalba, 7 de noviembre de 2008
El circo de la mariposa
La película dura sólo unos minutos, los justos para trasmitirnos toda su ternura y enseñanza.
Si quieres conocer la historia de este ser humano excepcional, te dejo algo sobre su vida en el post anterior.
GRACIAS NEO POR REGALARME ESOS CAMINOS QUE ME CONDUCEN A OTROS Y ME HACEN CRECER COMO PERSONA.
Discusiones: "Lo que no se puede hacer"
Ahora, que la mayoría andamos de vacaciones en el trabajo, además de broncearnos, leer, disfrutar de nuestro tiempo libre y quedar con los amigos, podríamos aprovechar para enriquecernos como personas. De ahí, esta entrada que escribí para mí y que añado en mi blog por si le sirve a alguien.
Un abrazo desde el Caribe que encontré en la piscina de mi urbanización.
* * * *
A todos, en algún momento, nos habrá sorprendido vernos inmersos en una discusión de la que ni siquiera recordamos el detonante. El caso es que da lo mismo dónde saltó la chispa o qué provocó el incendio, lo importante es aprender a sofocar el fuego. No hay nada que avive más la llama y nos encrespe más los nervios que el estar discutiendo sobre algo concreto y que la otra parte apele a las etiquetas: “Es que tú nunca escuchas” “¿Ves, como eres una persona retorcida?" “Sabía que dirías eso porque siempre haces lo mismo” “Contigo es que no se puede hablar”…
Pues bien, además de estas coletillas, cuya finalidad no es otra que la de encerrar al contrario en uno de esos círculos que le asignamos al azar, y bajo nuestro propio prisma (porque nadie es siempre retorcido, ni siempre se comporta así, ni actúa de la misma forma), existe otro combustible, igual de peligroso cuando hay fuego, que consiste en rememorar lo que ocurrió otro día, con otro tema y en otras circunstancias. Es el caso de: ¿Tú recuerdas lo que me dijiste hace tiempo?... (O similar). MAL. MUY MAL. En una discusión no se puede rebobinar un carrete antiguo, ni hacer comparaciones, ni retorcer el rizo. Tampoco se pueden adelantar acontecimientos: “Ahora seguro que vas y se lo cuentas a…” Hay que centrarse en lo que ocurre, en el tema, en el “ahora”, en eso que, en este instante, estamos tratando de resolver y que, seguro, seguro, no se parece a ninguna otra situación, porque los factores cambian y las personas también.
Para lo único que está permitido sacar los llamados trapos sucios es para aclarar algo que se ha pasado de rosca y que convendría desmenuzar y digerir en beneficio de las dos partes. Pero en una discusión puntual, NUNCA.
Acabamos de explicar lo que NO se debe hacer ante un desencuentro acalorado. Pues bien, ahora, vamos con lo positivo: lo que sí se puede hacer y nos beneficia. En toda discusión, como en cualquier parcela de la vida, existe una parte emergente, lo que vemos del otro, lo que percibimos del otro, incluso lo que intuimos del otro. Sin embargo, debajo de todo esto, a menudo, subyace algo más; algo que escapa a nuestro conocimiento (a veces, también escapa a la conciencia del portador). Me refiero a eso que llamamos "lastres". Un lastre, por ejemplo, es arrastrar un desengaño, un asunto sin resolver, un conflicto personal… (en psicología se llaman “interferencias” o “ variables extrañas” , que si no se controlan o no se tienen en cuenta, podrían arrojar datos erróneos en la medición e interpretación de los datos). ¿Quiere decir esto que cuando discutimos con alguien tenemos que considerar y percibir todo ese universo negativo que arrastra? La respuesta es: NO. Cuando discutimos con alguien (porque nadie está a salvo de incurrir en ello) lo que tenemos que hacer es centrarnos en el tema; ese que nos ha desestabilizado el ánimo y que ha terminado por enfrentarnos. ¿Qué fue?... ¿Que nos cambiaron algo de sitio y no lo encontramos? Pues eso, discutamos y aclaremos por ejemplo que no nos gusta que nos muevan las cosas de donde las dejamos, pero sin escudarnos en otras acusaciones como “Es que tu orden me desquicia” o “Por qué siempre tienes que tocar mis cosas”. Evitemos el “siempre”, el “nunca” y todas aquellas palabras cerradas que no vienen a cuento y que, además de hacer daño, agravan el conflicto.
Dicho esto, sólo añadir algún que otro derecho particular que nos ayude a la hora de retomar la calma después de una discusión con alguien, como, el derecho a comentarlo con otras personas para sacar la espina; eso sí, seamos justos y contemos lo ocurrido con objetividad, tratando de ver qué hicimos mal, en el caso de que así ocurriera, o valorar si nos interesa seguir manteniendo el contacto con personas con las que, por lo general, siempre terminamos discutiendo.








