Pintura de Ona Peña (hija de Nátali)

Relato ganador


Si te apetece leer, aquí te dejo el relato "Modesta y un negocio redondo" ganador del 2º Premio Centro de la Mujer de Benalmádena; este relato ya fue finalista en el "Carmen Martín Gaite".
¡Feliz Fin de Semana!

Modesta y un negocio redondo (Mercedes Martín Alfaya)

Fermín Duque aparcó su Audi TT en la calle Mirador del barrio de la Aurora, consultó su reloj Dolce&Gabbana y dedujo que había llegado a tiempo de averiguar algo antes de la visita. En el bar de la esquina, pidió un café. El dueño del establecimiento, un cincuentón corpulento y afable, coloca el plato, la cucharilla y el azúcar delante del cliente, y se vuelve a la máquina para extraer el líquido negruzco.

¾Compadre ¾añade Fermín Duque mientras ojea el “Marca” con disimulo¾, ¿qué sabe usted del pisito ese que se vende ahí arriba?

¾¿Cuál? ¿El de Modesta?... Está bien, aunque uno de los dormitorios da al patio de vecinos. ¾apunta el hombretón, al par que sirve la taza hirviendo al cliente¾. Es viuda ¿sabe? Y con la vieja en cama, no le queda otro remedio que vender.

¾No comprendo ¾se interesa Fermín acoplando sus gafas de sol en la cabeza.

El hombretón se inclina sobre el mostrador y, en actitud confidente, añade:

¾No tuvieron hijos, ¿sabe? El marido era un melindroso de cuidado; yo creo que hasta perdía aceite, je, je. El caso es que ella se quiere marchar fuera. No puede sola con la vieja enferma; una tía abuela o algo así… Un regalito, vaya. ¾Y restriega el mostrador con un paño, como si quisiera recuperar la compostura ante el cliente.

Fermín Duque registra el dato, suelta una sonrisa oculta y pide un croissant. La chica de la inmobiliaria no llegará hasta las diez, de manera que aún le queda tiempo para desayunar tranquilo.

¾Aquí tiene, amigo; faltan diez céntimos; es que sólo llevo billetes de cien, je je.

El dueño del bar recoge las monedas desparramadas en el mostrador y se queda mirando al tipo con aire de Travolta que sale por la puerta: “Tú no has visto un billete de cien euros en tu puñetera vida”.

Mujer, viuda y con una carga vieja y trabajosa: un día de suerte, especula Fermín frotándose las manos.

La comercial llega apurada, se ha retrasado unos minutos. Tiene que ser ese, se dice al verlo en la puerta con sus botas de tacón cubano, su cazadora de marras y lanzando bocanadas de humo al cielo. Se presenta, se disculpa y sin perder tiempo anuncia la visita a través del portero automático.

¾¿Modesta?, soy Olga.

Un chasquido metálico y la puerta se abre. Fermín echa una miradita a la entrada…

¾Algo dejadilla ¿no? ¾apunta con sorna para ir tirando del precio:

La chica elude el comentario. El ascensor se detiene en la cuarta planta.

Modesta les recibe en la puerta: unos cincuenta; deslucidos, eso sí. Está seca como un lápiz y tiene unas ojeras que le llegan al suelo. Saluda, les invita a pasar y pide disculpas por el aparente desánimo que la embarga.

¾Modesta, ¿qué tal doña Rosario? ¾pregunta la joven al tiempo que descorre las cortinas del comedor, a fin de que el cliente aprecie la magnífica orientación del piso.

¾Bueno, ahí anda con sus achaques y su mal genio.

Olga, la comercial, se acicala la falda y pide permiso a la dueña para mostrar la casa al cliente. A Fermín lo que le interesa es el precio, de manera que cualquier desperfecto que descubra será tomado en cuenta a la hora de negociar.

¾Este es el dormitorio de doña Rosario ¾informa la joven señalando una puerta cerrada¾. Es igual de amplio que los otros dos; tiene un balconcito a la calle y un pequeño vestidor con armario empotrado.

Fermín comprende que la chica no quiere molestar a la vieja, aunque no se fía: a saber si la habitación tiene humedades o, peor aún, que se trate de un cuchitril sin apenas espacio útil. Si no puede acceder al cuarto, el precio tendrá que bajar mucho.

Cumplimentada la visita, se produce un silencio expectante.

En el mueble empotrado que recubre una de las paredes del salón, Fermín Duque ha descubierto una joya; no en vano adquirió una importante pericia en este campo como ayudante de carpintero en Barcelona.

¾Dígame, Modesta, ¿ese mueble es de roble?

Modesta le explica que fue un capricho de su difunto marido; roble tallado a mano e incrustaciones de naranjo.

¾Imagino que se queda en el piso ¿no? ¾indaga Fermín, adivinándole un valor entre diez y doce mil euros.

¾Desde luego que no, señor ¾protesta la dueña. Este mueble me lo llevo con todo lo demás; tendré que buscar quien lo desmonte, eso sí. Ya ve que esos incrustados en la pared resultan extremadamente delicados. Pero me lo llevo.

Olga le explica al cliente que Modesta se marcha al norte, donde tiene familia; ya que, sola, no puede atender a la anciana.

¾Mire, a mí el piso me gusta ¾apremia Fermín. Y quiero cerrar el trato. Claro que, aquí la patrona tendrá que hacerme una rebaja. Doce mil euros menos y me lo quedo.

Modesta no parece convencida. El piso está en buena zona y las calidades de hace quince años ni se parecen a las de ahora. Además, cuando llegó doña Rosario, hubo que adaptar uno de los baños, añadir una pileta de ducha y reforzar las ventanas con doble acristalamiento para el frío. No, no, el precio es el adecuado.

¾Lo siento, señor…

La chica de la inmobiliaria interviene:

¾Modesta, ¿seis mil eurillos menos?; un millón de las antiguas pesetas… ¿Qué le parece?...

La viuda no está para regateos. Ella sabe que si no concurrieran estas circunstancias de apremio, el piso se vendería por encima de lo estipulado. No se aviene a negociaciones.

Vista la intransigencia, Fermín Duque decide utilizar armamento más sofisticado:

¾Modesta, no sea usted así. Deshágase cuanto antes de todo lo que le impida rehacer su vida. Usted aún es joven y hasta bonita.

¿Bonita?... A Modesta le ha saltado el color. ¿Cuánto hace que nadie la piropea de ese modo?... La mujer mira a Fermín con los ojos perdidos en la memoria: una juventud solitaria, un matrimonio de plástico, una madre dominante… Si al menos hubieran tenido hijos… Pero claro, Ludovico nunca estuvo por la labor. Es más, la “labor” se secó demasiado pronto; muchos años de diferencia… Había que contentar a mamá y casarse con un hombre de apellido ilustre, soportar sus desprecios ilustres y limpiar sus babas ilustres. Un felpudo, eso es lo que ella fue; un felpudo para Ludovico, para mamá y para toda la familia. Claro que, ahora, ella lleva las riendas y no se dejará embaucar por nadie.

¿Bonita dijo?…

¾¿Qué opina, Modesta?

La voz de Fermín Duque le llega como una sacudida, rescatándola de los fantasmas del pasado.

¾Lo siento. Si le gusta, eso es lo que vale. No tengo nada más que decir ¾sentencia la mujer.

Fermín Duque reconoce que sus dotes de persuasión han topado en hueso. Sin embargo, aún le queda una carta en la manga.

¾De acuerdo. No se hable más. ¿Cuándo dejará libre el piso, Modesta?

La mujer, apurada, reclama con un gesto la intervención de la comercial, ya que ella no entiende de plazos.

¾Lo normal es entregar las llaves después de la firma en el notario. Si cerramos la operación ahora, el papeleo es rápido.

¾¿Una semana? ¾Aprieta Fermín.

¾No, no. Por Dios ¾protesta Modesta¾. Yo aún no he organizado el transporte ni el embalaje. Además, ya le dije que necesito encontrar un especialista para este mueble; tardaron dos semanas en acoplarlo y el desmonte resultará complicado.

Fermín Duque se cruza de brazos y abre las piernas en señal de arrogancia.

¾Modesta, vamos a ver... Ya que no he conseguido que me rebaje el precio, creo justo añadir una cláusula que me asegure que usted no se va a demorar más de lo estipulado. Mi Cari y yo vivimos de alquiler y no podemos esperar... Veinte días. Le doy veinte días para la entrega de llaves. Y, desde luego, todo lo que no haya retirado del piso en esa fecha será mío; así quiero que conste en una de las cláusulas.

La chica de la inmobiliaria interviene ante tan drástica sentencia:

¾Pero, Fermín, esta pobre mujer...

¾Lo siento. Tengo el dinero y necesito el piso en veinte días.

Modesta se ha quedado inquieta. Si hubiera transigido un poco, ahora no se vería atrapada por esa irrevocable cláusula en el contrato. Reorganizarlo todo es complicado. ¿Bonita, dijo…? -y se toca la cara delante del espejo.

Los días pasan y las cajas se acumulan. No resulta fácil distribuir lo que quiere conservar y aquello de lo que necesita desprenderse. ¿Una nueva vida…?

Fermín Duque acaba de llegar al notario. Viene con su novia del brazo; una rubia de bote y tres capas de maquillaje. Ella todavía no ha visto el piso, aunque se siente orgullosa de que su novio haya sido tan listo en las negociaciones.

La chica de la inmobiliaria sale de uno de los despachos.

¾Enseguida nos buscan sala.

Un taxi se ha parado en la puerta. Modesta parece otra mujer. El azul cobalto le sienta como un guante y esas perlas rodeándole el cuello le confieren una singular elegancia. Al final, ha conseguido cumplir el plazo. En cuanto firme y le entreguen su dinero todo quedará atrás, muy atrás… Ahora sí que se siente bonita.

El notario lee de carrerilla. De vez en cuando alza los ojos por encima de las gafas y pide aprobación a las partes. Todo en orden.

¾Firmen aquí, por favor… Y aquí… Tengan, sus documentos de identidad.

Modesta ya guardó su cheque. Entrega las llaves del piso y se despide de la comercial y de los nuevos propietarios; a los que no ha dedicado más cortesía que la indispensable en un trámite burocrático.

En la avenida, los jacarandá se despliegan como un toldo de malvas y azules.

¾¡Taxi!

Hace un día precioso. Música de tango en el coche y destellos de sol en las ventanas. En un semáforo, Modesta abre su bolso para empolvarse la nariz. Saca el contrato y vuelve a leer la cláusula que incluyó Fermín:

“Todo lo que quede en el piso el día de la entrega de llaves me pertenece sin apelación posible”.

Ahora que lo piensa, olvidó añadir a la nota que dejó en la nevera que a doña Rosario le gusta desayunar chocolate con churros los domingos por la mañana.

10 comentarios:

  1. ¡Enhorabuena, Mercedes, por este relato tan estupendo! He llegado aquí saltando de blog en blog y me he encontrado un magnifico escrito. Me ha encantado, de verdad :) Seguiré leyendo por tu casita.

    Saludos

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  2. Felicidades! Tengo que confesar que he tenido que leer dos veces el final para enterarme de que al final le deja a la vieja!
    Un relato que contiene mensaje, pero que al termina con una carcajada. Excelente!
    Un beso,
    Juanma

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  3. Nátali, muchos besos y muchas gracias. Ya veo que has renovado tu blog: ha quedado de dulce. ¡Felicidades!

    Juanma, no te apures, si lo has pillado, pillado queda, je, je.
    Besotes risueños

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  4. El relato es buenísimo, pero como a Juanma, no entendí el final en la primera lectura. Debe ser mi cabeza. Un saludo.

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  5. Hola, Paco:
    Te digo como a Juanma, no te preocupes por pillarlo tarde. Te cuento que en el acto donde se leyeron los relatos, mientras escuchaba el mío, yo observaba a una mujer que estaba en la primera fila, y cuando llegó el párrafo donde Modesta va en el taxi, después de haber vendido el piso, y vuelve a leer la cláusula del contrato, esta mujer que te digo, soltó un: "ay, le ha dejado a la anciana en el piso". Y yo pensé, jope, qué mal lo he hecho, si el lector adivina el final antes de que llegue, mal asunto.
    Como ves,ni uno es más listo por pillar algo antes, ni es menos listo por pillarlo después; yo creo que todo depende del punto donde uno centra la atención: una palabra, una frase... En el cine me ha ocurrido con películas en las que no comprendo el final porque me he perdido una instantánea o no presté mucha atención a un enfoque clave. En otras, sin embargo, era capaz de adivinar el plano siguiente.
    Muchas gracias por tu visita y tus palabras.

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  6. Un buen relato con un trasfondo duro, por muchos conocido.

    Saludos.

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  7. Muy buen relato, pasate mañana por mi "casa" y recoge las rosa que te apetezca.
    Tambien podras leer un poquito de poesia de dos poetas locales, Pere Dot y joana Raspall.
    Feliç Sant Jordi.

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  8. Máximo, muchas gracias por tu comentario. Encantada de encontrarte.

    Groucho, también te doy las gracias. Me pasaré mañana por tu blog para leer poesía y recoger la rosa.

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  9. Perdón, perdòn... Natalia, perdona. Creo que te he confundido con Nátali. Uy, es que soy una despistada.
    Ahora sí te saludo a ti y te doy las gracias por tus palabras. Reitero lo mucho que me ha gustado tu blog.
    Y disculpa la confusión.

    Besoteos, mil, para ti.

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  10. jajajajaja...ya me lo veía venir! jejeje...me alegra que haya sido la mujer tan sufrida la que dió el tiro de gracia al aprovechador consumado! jejejee...eso sí, me da un poco de pena la viejita, a la que tratan como un mueble viejo!

    Felicidades por el logro!Un abrazo.

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