Pintura de Ona Peña (hija de Nátali)

No me hables que no te veo (y la pesadilla Ikea)

Nunca pensé que un armario arruinaría mi vida.

“Si eligen otro color que no sea el blanco, se ahorran cien euros”. Mi hija y yo nos miramos como diciendo, Vaya chollo; total, si el armario no pega en el dormitorio qué más da, una oferta hay que pillarla como sea. Decidido, nos quedamos con el gris humo.


¿Siguiente paso?: “Carta de pago” y pasar por caja. ¡Ya es nuestro!
─¿Dónde dice que tenemos que ir ahora?
─Allí, mamá, a la salida, donde las pantallas con los numeritos…
Tic-tac, tic- tac…
¡Ay, ya nos toca! Qué rapidez... Ahí viene mi armario…. Ea, mira qué pronto y qué baratito.


Empujamos carro y al parking.
─Un momento… ¿Tú estás segura de que esto cabe en tu coche?
─Que sí, mamá. Que sí…
Mi hija, que es muy resuelta, enseguida desalojó el maletero, plegó los asientos y se deshizo de la bandeja trasera que reposa en el cristal. Venga, levanta de ahí y lo vamos metiendo poco a poco. El bulto, plegadito, con el armario dentro, sí que entró, pero el capó no cerraba… Em-pu-ja un po-co más… Uf, uf, uf… Listo, por los pelos…. Estos de Ikea están en todo; un milímetro más de armario y hubiéramos tenido que dejarlo allí. De punta a punta, pero entró.
Nos vamos…

A noventa en la autovía, vista al frente, sin mover la cabeza, encajonada entre el cristal derecho del coche y el bulto.
─Hija, ¿vas ahí?
─Pues claro, mamá, ¿quién si no te crees que va conduciendo?
─Perdona, es que como no te veo.
─Pues, voy aquí. Tú sólo tienes que avisarme si alguien intenta adelantar por la derecha.

“Ay, Dios, es verdad, el armario ha partido el coche en dos, y ni mi hija tiene acceso visual a la parte derecha, ni yo a la parte izquierda. San Cristóbal, por Dios, no te distraigas, que yo te juro que la próxima vez alquilamos una furgoneta, o me monto un perchero en la barra del baño”.

Llegamos; con ayuda divina o sin ella, pero llegamos. Aunque claro, si nadie te dice que, al tirar del bulto para bajarlo del coche, el peso de las maderas se concentra en un punto y puede desgarrar el cartón..., cuando lo averiguas, ya tienes todo el mogollón de tablas esparcidas por el asfalto. ¡Mierda, mierda y mierda!


-Venga, mamá, no te sulfures. Hacemos un descansito aquí en la puerta y ahora lo recogemos todo.
Así lo hicimos.
Con el armario en casa, la odisea comenzó a diluirse como el humo de los trenes en la estación.
─ Preparo un cafelito y nos ponemos con el armario.

Lo que yo no sabía es que esta simple peripecia mobiliaria (manual en mano), terminaría por arruinarme la vida.
"Tiroriro-ri, tirorio-ra" (otra vez el maldito teléfono).
─Mire señora, llevo tres semanas intentando montar un diablo de armario descuartizado, donde si te equivocas con una tabla ya te puedes pedir una excedencia en el trabajo y arreglarlo. Mi familia ya no asoma por casa, y todo porque cada vez que escucho la puerta, grito: ¡Quien sea! Que venga rápido, que se me cae esta tabla… Tengo un cajón del armario que entró en su sitio a la primera, pero que ahora NO SALEEEEE. Tengo cuatro tablas de distintos colores que no casan nipadios. Un montón de tornillos y herramientas que se multiplican como los champiñones. No salgo de casa, ni me queda comida en la nevera. He perdido la razón, a mi familia, a mis amistades, y todo, porque se me ocurrió comprar un pu (piiiiiiii) armario de oferta, gris humo, con manual: “partaseloscuernos”, tablitas a mogollón y tres kilos de tornillos que me han tomado la casa. Y usted es la tercera vez que me llama para venderme un Seguro de Vida. Pues mire, antes de tirarme por el balcón, el seguro de vida se lo voy a regalar yo a usted. Escuche: si se le ocurre pasar por Ikea y comprar un armario de oferta, tableado, con dos puertas, mogollón de tornillos, cajoneras y manual, llame antes a mi cuñado, Pepe, que me acabo de enterar de que se monta los muebles de Ikea como churros; pero que ya no creo que con el mío llegue a tiempo.


Mercedes Martín Alfaya

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