Pintura de Ona Peña (hija de Nátali)

El precio de la amistad

Con mucho cariño para las alumnas de Amparo; que sé que pasarán por aquí.

Me invitó a café, quería charlar un rato. Estuvimos conversando y recordé que alguien, una vez, me dijo que todos necesitamos apoyarnos en otros para restablecer nuestro ánimo.


Su ánimo andaba por los suelos (una tontería, pero que a ella le afectaba; por eso, no dejaba de ser una tontería a los ojos de otros, convirtiéndose en un problema gordo para ella). “Verás -me dijo- tengo una amiga que me lo copia todo; me copia la ropa que me pongo, la forma de peinarme, el color del pelo… Me copia las decisiones que tomo, los cursos a los que me apunto, las cremas que uso… Hasta se ha comprado el mismo coche que yo; y del mismo color. Ahora, ha decidido pasar por el quirófano, y todo porque yo le dije que me iba a arreglar una parte del cuerpo. Se me adelantó porque ella tiene dinero y yo todavía no he conseguido reunir el coste del retoque”.


Se puso a llorar.

El sonido de su llanto, en la terracita del paseo, se mezclaba con el trinar de los pájaros, las risas lejanas de los niños y el alegre tintineo de algunas cucharillas en las tazas vecinas; un cuadro surrealista al que la vida nos tiene más que acostumbrados.

Si ella pudiera escucharse desde fuera, seguro que se daría cuenta de que eran banalidades por las que una persona no puede deprimirse. Pero no. Era su tristeza, y ella no tenía porqué verla de otra forma. Con razón o sin ella, aquello le afectaba; cada cual sangra por un poro distinto, y lo que a unos nos parece papel, para otros se convierte en una piedra. Había que respetarlo.
Escucharla, dejar que se derramara, que sacara sus nudos a la superficie y los fuera desgranando a su antojo, era lo único en lo que yo podía colaborar. Pero fui un poquito más lejos… Le pregunté cosillas sobre su amiga, por ejemplo, si recordaba algo que su amiga hiciera por ella cuando todos los demás se desentendieron; si, al margen de estos incidentes, se lo pasaban bien juntas; si su amiga tenía alguna cualidad digna de admiración… María (llamemos así a la persona con la que conversé), enseguida cambió su semblante. Me dijo que sí, que su amiga era una persona muy buena; alguien a quien le podía contar sus cosas; que la defendía ante cualquiera; alguien a quien recurrir en todo momento y con la que había llorado y reído mucho…

-Mira, añadí, resulta evidente que tienes una buena amiga; una amiga que te admira, por eso te copia. Te voy a contar algo que igual no viene al caso, pero seguro que nos ayuda a mojar las nubes en el café. Conocí a una persona que se había comprado una casa preciosa. Una casa soleada, con jardín, con un bonito porche desde el que disfrutar de los atardeceres en la costa. Allí pasaba largas temporadas de relax, y estaba encantada con su nueva adquisición. Un día, descubrió que para mantener la casa, el jardín y el porche en condiciones, hacía falta remangarse de vez en cuando. De manera que, una vez al mes, dejaba a un lado su disfrute y se dedicaba a limpiar: arrancaba las hierbas, barría y fregaba las habitaciones, barnizaba las ventanas, limpiaba la chimenea…, terminaba tan agotada, que llegó a pensar que no merecía la pena tanto trabajo para tan poca cosa. Vendió la casa. Ahora, vive en un pisito del centro, sin hierbas, sin jardín, sin porche, sin atardeceres panorámicos y sin chimenea. Ha engordado diez kilos (no hace nada) y mermado su felicidad otros diez. Bueno, esto es un ejemplo malísimo que viene a demostrar que la casa no le exigía estar impoluta, era ella la que se había olvidado de la verdadera razón por la que compró la casa (con sus ventajas e inconvenientes).

-Cierto -añadió María. Me has hecho pensar... Voy a llamar a mi amiga, por si quiere que la acompañe a esa operación; me pidió que fuera con ella y le dije que no. Ahora comprendo que yo tengo que seguir mi camino, a mi ritmo, prescindiendo de lo que ocurra a mi alrededor, y no culpar a nadie si me adelanta en la ruta. En realidad, a mí no debería afectarmeme que ella quiera operarse (como hacen muchas mujeres), lo que en realidad me da es coraje, envidia, de que ella disponga del dinero para ello y yo no; pero ella no tiene la culpa. Igual que la casa de la que me has hablado, tampoco tiene la culpa de ensuciarse; ni de que esa persona que la compró se preocupe más de la limpieza que de su disfrute. Ahora lo comprendo.

Nos dimos un abrazo. Y cuando ella se alejaba, vi que sus andares se tornaban armoniosos, relajados y que se le enderezaba la espalda.“Todo tiene un precio”, pensé; la amistad también, pero su valor resulta incalculable.



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