Pintura de Ona Peña (hija de Nátali)

El sueño de una noche de verano



Reposición de "El sueño de una noche de verano"



A mí esto de dormir la siesta es que me sienta fatal; claro, como no estoy acostumbrada… Lo que ocurre es que hoy he trabajado de mañana y, después de comer, me he venido al dormitorio con mi portátil para escribir; que es lo que me gusta. De pronto, me acordé de que hoy había fiesta en la piscina. Nada, una vecina muy marchosa que es amiga de la presidenta y, cada dos por tres, le da por organizar comidas en el recinto de baño a las que todo el mundo está invitado: previo pago de 20 euros; ni que incluyera un brindis con Terrier Jouet…


En fin, a lo que iba. Que pensando en la vecina, la fiesta de verano, las cervecitas junto al agua y la gente -pinchito en mano-, "¡Niño, salte del agua que luego te arrugas y no tengo ganas de plancha!”, pues me he quedado dormida con el ordenador sobre las piernas y la cabeza colgando. Soñé que me colocaba mi bikini azul turquesa con ribetes amarillos, mi camiseta fashion made in “todo a un euro” y mis chanclas; que agarraba mi bolsa de flores, la toalla, la crema, las gafas de sol, el libro que estoy leyendo y las llaves del piso (siempre me sobra el libro porque no puedo leer mientras tomo el sol), y me bajaba a la piscina. "Ay, como se le ocurra a esa bruja decirme que no me puedo bañar por no haber pagado los 20 euros de la comilona, la caga". Vamos, que la piscina es para lo que es y si quieren orgía culinaria, a mí no me molesta, pero que no se les ocurra toserme.
¡Plas! ¡plas! ¡plas! (mis chanclas, que hacen un ruido muy de chanclas). Ascensor, sótano, puerta del jardín, caminito (entre campanitas azules y las verjas de los dúplex) y al recinto de baño. Ea, aquí estoy, me digo, y sin mirar para ningún sitio -porque no tengo ganas de discutir- saco la toalla, la extiendo en el césped, me quito la camiseta, la doblo y la dejo sobre el bolso; me recompongo el bikini (tiro de una teta..., de la otra...); me deshago de las chanclas y extraigo un elástico que llevo en la muñeca, agacho la cabeza para que todo el pelo me caiga por delante y lo atrapo como si fuera un manojo de acelgas. Me voy a la ducha (sí, ya sé, no me puse crema, pero es que se llenar el agua de potingues, ya me la restriego cuando salgo). ¿Por dónde iba?... Ah, sí, hago el paripé de la ducha (está de fría que corta) y me voy a la piscina.


-Señora ¿me permite?- le digo a una mujer que está dentro del agua, junto a las escaleras metálicas. Y cuando se gira, veo que porta una bandeja de dulces que pasea por la superficie del agua como si fuera un barquito de papel.
-Oiga, que en la piscina no se puede meter comida- le increpo. Y ella me sonríe dejando al descubierto una hilera de palotes negros a modo de dientes. Doy un respingo, la miro perpleja y me voy corriendo a mi toalla. De pronto, descubro que toda la gente viene hacia mí, portando platos de comida y sonrisas macabras. ¡Socorro! Miro a un lado…, a otro…, busco algo con lo que defenderme y encuentro una sombrilla tirada en el césped. La agarro y me pongo a dar sombrillazos a diestro y siniestro. Y cada vez que alcanzo a alguien, desaparece.
Después de media hora de lucha, me quedo sola en la piscina. Y, ahora va, y se pone a llover. Me refugio entre los árboles y veo salir del agua a la presidenta de la Comunidad, que trae una olla enorme en la cabeza, y me grita: ¡Corre!, salva el pollo al curry.

Me desperté de la siesta con un dolor de cuello y un cansancio que ya no se me ocurrirá más mosquearme por lo que hagan mis vecinos en el recinto de baño.

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