Pintura de Ona Peña (hija de Nátali)

Discusiones: "Lo que no se puede hacer"


Ahora, que la mayoría andamos de vacaciones en el trabajo, además de broncearnos, leer, disfrutar de nuestro tiempo libre y quedar con los amigos, podríamos aprovechar para enriquecernos como personas. De ahí, esta entrada que escribí para mí y que añado en mi blog por si le sirve a alguien.

Un abrazo desde el Caribe que encontré en la piscina de mi urbanización.

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A todos, en algún momento, nos habrá sorprendido vernos inmersos en una discusión de la que ni siquiera recordamos el detonante. El caso es que da lo mismo dónde saltó la chispa o qué provocó el incendio, lo importante es aprender a sofocar el fuego. No hay nada que avive más la llama y nos encrespe más los nervios que el estar discutiendo sobre algo concreto y que la otra parte apele a las etiquetas: “Es que tú nunca escuchas” “¿Ves, como eres una persona retorcida?" “Sabía que dirías eso porque siempre haces lo mismo” “Contigo es que no se puede hablar”…

Pues bien, además de estas coletillas, cuya finalidad no es otra que la de encerrar al contrario en uno de esos círculos que le asignamos al azar, y bajo nuestro propio prisma (porque nadie es siempre retorcido, ni siempre se comporta así, ni actúa de la misma forma), existe otro combustible, igual de peligroso cuando hay fuego, que consiste en rememorar lo que ocurrió otro día, con otro tema y en otras circunstancias. Es el caso de: ¿Tú recuerdas lo que me dijiste hace tiempo?... (O similar). MAL. MUY MAL. En una discusión no se puede rebobinar un carrete antiguo, ni hacer comparaciones, ni retorcer el rizo. Tampoco se pueden adelantar acontecimientos: “Ahora seguro que vas y se lo cuentas a…” Hay que centrarse en lo que ocurre, en el tema, en el “ahora”, en eso que, en este instante, estamos tratando de resolver y que, seguro, seguro, no se parece a ninguna otra situación, porque los factores cambian y las personas también.

Para lo único que está permitido sacar los llamados trapos sucios es para aclarar algo que se ha pasado de rosca y que convendría desmenuzar y digerir en beneficio de las dos partes. Pero en una discusión puntual, NUNCA.

Acabamos de explicar lo que NO se debe hacer ante un desencuentro acalorado. Pues bien, ahora, vamos con lo positivo: lo que sí se puede hacer y nos beneficia. En toda discusión, como en cualquier parcela de la vida, existe una parte emergente, lo que vemos del otro, lo que percibimos del otro, incluso lo que intuimos del otro. Sin embargo, debajo de todo esto, a menudo, subyace algo más; algo que escapa a nuestro conocimiento (a veces, también escapa a la conciencia del portador). Me refiero a eso que llamamos "lastres". Un lastre, por ejemplo, es arrastrar un desengaño, un asunto sin resolver, un conflicto personal… (en psicología se llaman “interferencias” o “ variables extrañas” , que si no se controlan o no se tienen en cuenta, podrían arrojar datos erróneos en la medición e interpretación de los datos). ¿Quiere decir esto que cuando discutimos con alguien tenemos que considerar y percibir todo ese universo negativo que arrastra? La respuesta es: NO. Cuando discutimos con alguien (porque nadie está a salvo de incurrir en ello) lo que tenemos que hacer es centrarnos en el tema; ese que nos ha desestabilizado el ánimo y que ha terminado por enfrentarnos. ¿Qué fue?... ¿Que nos cambiaron algo de sitio y no lo encontramos? Pues eso, discutamos y aclaremos por ejemplo que no nos gusta que nos muevan las cosas de donde las dejamos, pero sin escudarnos en otras acusaciones como “Es que tu orden me desquicia” o “Por qué siempre tienes que tocar mis cosas”. Evitemos el “siempre”, el “nunca” y todas aquellas palabras cerradas que no vienen a cuento y que, además de hacer daño, agravan el conflicto.

Dicho esto, sólo añadir algún que otro derecho particular que nos ayude a la hora de retomar la calma después de una discusión con alguien, como, el derecho a comentarlo con otras personas para sacar la espina; eso sí, seamos justos y contemos lo ocurrido con objetividad, tratando de ver qué hicimos mal, en el caso de que así ocurriera, o valorar si nos interesa seguir manteniendo el contacto con personas con las que, por lo general, siempre terminamos discutiendo.

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