
Mi tío nos contó que un día, cuando iba para el trabajo, se le paró el corazón. Como todavía era de noche, y no había nadie en las calles, lo que hizo fue sentarse en un bordillo, colocar su corazón en la acera y hablarle. “Oye, no puedes hacerme esto. Ya sabes que te necesito más que a nada en el mundo. Igual nunca te lo he dicho, pero es así”. Mientras tanto, su corazón, tumbado boca abajo, no le hacía ni caso. Mi tío consultó su reloj y dedujo que si no conseguía poner en marcha su corazón, llegaría tarde a la oficina. “Esta bien. No voy a insistir. Si te quieres quedar aquí, allá tú. En cuanto pasen los servicio operativos te echarán al cubo o te llevará un gato en la boca, y no volveremos a vernos”, dijo mi tío muy serio, aunque su corazón ni se inmutó.
El corazón de mi tío siempre fue muy testarudo, tanto que, cuando murió la abuela, como ella y mi tío llevaban un tiempo sin hablarse, no consiguió que le acompañara al entierro, y mi tío estuvo todo el duelo sin corazón, por eso dice la gente que ni lloró.
El caso es que aquel día, como tenía prisa, mi tío empezó a ponerse nervioso al ver que allí seguía su corazón, sin trazas de moverse, y cada vez más pálido. “¡Vamos! Levántate y anda”, gritó mi tío, pero como él no era Dios, ni tenía poderes, lo único que consiguió fue despertar a un vecino que sacó la cabeza por la ventana y le escupió encima. “¡Qué asco de vida!”, dijo mi tío, agarró su maletín de clientes y se fue al trabajo.
Hoy, a la hora del café, le he contado a un amigo que mi tío Rogelio anda por ahí sin corazón. Me dijo que no me preocupara, que hay mucha gente así, y que todo se debe a la vida tan ajetreada que llevamos, donde cada vez nos parecemos más a los zombis.
Mercedes Alfaya